Tanto tiempo metida en ese rincón oscuro.
Gritando a una pared que nunca me daba respuesta.
Tan cerca y a la vez tan lejos.
Tan valiente de gritar y tan cobarde de no moverme.
Mi cabeza se iba perdiendo entre pensamientos infinitos.
Mis músculos se debilitaban y no podía ni moverme.
Un día dejé de gritar y decidí salir, crujiendo todo mi cuerpo y sin voz, con lagrimas en los ojos.
Decidí ir más allá, escapar.
Porque ese claramente no era mi lugar.