lunes, 29 de octubre de 2018

Fuego.

La llama inunda mis ojos castaños llegando incluso a hacerme daño, pero no puedo dejar de mirarla.
El calor me abrasa la piel pero cada vez me acerco más a ella.
Me estoy quemando por fuera, esta sensación me lleva a sentirme cómoda, hace tiempo que me quemo por dentro.
Me meto en el fuego y me acurruco en él, me gusta estar ahí, hasta que se desvanece y entonces, me voy, con gran parte de cenizas y quemaduras en la piel que quizá me dejen marca.
Adentrándome en el bosque perdida, quemada y dolorida, busco un sitio donde descansar, donde pensar, un lugar donde nadie me vea gritar.
Quiero correr, escapar, decir todo lo que creo que me va a pasar.
Enfrentarme al fuego y por una vez no ver como se va a apagar, mantenerlo vivo, ardiente, que me abrase hasta no poder ni si quiera respirar.
Me revuelco en cenizas del pasado que me manchan la piel, a veces sonriendo, otras llorando, pero regodeando de que yo pasé por ahí.