Entre luces de color amarillo nos acercamos a nuestro lugar.
Entre olor a tabaco y a alguna que otra cerveza, nos sonreímos y nos adentramos para volvernos a besar como esa primera cita en la que nada iba a pasar.
Ese día donde arreglaste mi corazón, ¿Quién me lo iba a decir?
Que lograrías recuperar que el brillo volviera a mis ojos de nuevo, con la ilusión de ver a alguien como ese primer helado de verano que deseas todo el tiempo en tu infancia.
Me volviste a coger de la cara, y en ese instante de silencio absoluto en la calle, juntamos nuestros labios, donde se paró todo a nuestro al rededor.
Nuestras manos repasaban nuestro cuerpo desde las orejas hasta las caderas, suave rastro que quemaba a trasropa el deseo de los dos.
Gritándonos de manera sorda todo lo que sentíamos en ese momento, en ese instante, tiempo después.
Enredando mis manos en el cabello, saboreando cada parte de tus labios, derritiéndome en tus manos.
Separándonos para volvernos a mirar una vez más, sin creernos lo afortunados que somos de volver a estar en ese lugar.
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